Teoría y práctica de la traducción
Ella no sabía que al comprar un regalo para su hermana, cambiaría la vida de un hombre.
PETE RICHARDS era el hombre más solitario en el pueblo el día que la pequeña Jean Grace abrió la puerta de su tienda.
La tienda le había pertenecido a su abuelo hasta el día de su muerte. Después, pasó a manos de Pete. La ventana del frente
mostraba bellos objetos antiguos: joyería de cientos de años, cajas de oro y
plata, figuras talladas provenientes de China, Japón y otras naciones.
En esta tarde de invierno, una niña se encontraba ahí, con su carita pegada a la ventana. Con grandes y serios ojos,
estudiaba cada objeto; mostrándose complacida, dio un paso atrás y entró en la
tienda.
No había mucha luz dentro de la tienda, pero la pequeña podía ver el lugar lleno de objetos: viejas armas y relojes, más
joyas y cajas y figuras y un centenar de otros objetos de los que ni siquiera
conocía sus nombres.
Pete se hallaba parado detrás del mostrador. Tenía apenas 30 años de edad, pero su pelo comenzaba a encanecer. Sus ojos se
mostraban fríos al mirar a la niña pequeña.
“¿Podría,” comenzó a decir, “mostrarme por favor el collar de cuentas de la ventana?”
Pete tomó el collar de cuentas azules de la ventana. Las cuentas se veían preciosas en su mano mientras él levantaba el
collar para que ella lo viera.
“Son lo que necesito,” dijo la niña como si estuviera sola con las cuentas. “¿Podría envolverlas en un bonito papel para
mí?”
Pete estudió fríamente a la niña. “¿Vas a comprar esto para alguien?,” preguntó.
“Es para mi hermana mayor, ella cuida de mí. Verá usted, esta será la primera navidad desde que nuestra madre murió; he
estado buscando un regalo de navidad verdaderamente maravilloso para ella.”
“¿Cuánto dinero tienes?” preguntó Pete.
Del bolsillo de su abrigo, la niña tomó un puñado de monedas de centavo y los puso sobre el mostrador. “Esto es todo lo
que tengo,” explicó, “he estado ahorrando este dinero para el regalo de mi hermana.”
Pete la miró con ojos pensativos. Cerró cuidadosamente su mano sobre el precio en el collar, de modo que la niña no pudiera verlo. ¿Cómo podía decirle cuál era el precio? La mirada feliz en los
ojos azules de la pequeña le afectó como el dolor de una antigua herida.
“Dame un minuto,” dijo él dirigiéndose hacia la parte posterior del negocio. “¿Cuál es tu nombre?” gritó. Estaba ocupado con
algo.
“Jean Grace,” respondió la niña.
Cuando Pete regresó, tenía un paquete en la mano envuelto con un bonito papel de navidad y atado con un listón verde.
“Aquí tienes,” dijo él. “No lo pierdas camino a casa.”
Ella le sonrió feliz al correr hacia la puerta. Por la ventana, él la miró marcharse. Se sentía más solo que nunca.
Algo acerca de Jean Grace y su collar de cuentas le había hecho sentir otra vez el dolor de su antiguo duelo. El pelo de la niña era amarillo como la luz del sol y sus ojos tan azules como el mar.
Hubo una vez en que Pete había amado a una joven con el color de ese mismo
amarillo y con unos ojos igual de azules. El collar de piedras azules había sido para ella.
Pero en una noche de lluvia, un auto había salido del camino y embestido a la joven a la que Pete amaba. Después de su
muerte, Pete sintió que no le quedaba nada en el mundo aparte de su duelo.
Desde entonces, Pete Richards había vivido demasiado solo. Hablaba con la gente que venía a su tienda, pero después de las horas de trabajo permanecía solo con su sufrimiento. Al final, el duelo por su amor perdido se convirtió en duelo por sí mismo. Refugiándose en su autoconmiseración, casi consiguió olvidar a la joven.
Los ojos azules de Jean Grace lo sacaron de ese mundo de autoconmiseración y lo hicieron recordar de nuevo todo lo que había perdido. El dolor al recordar era tan intenso, que Pete quería alejarse de los felices clientes de la temporada navideña que acudieron a mirar sus bellas antigüedades durante los siguientes diez días.
Cuando el último cliente se hubo ido, tarde ya en la noche de navidad, Pete se sintió contento. Fin del trabajo, por otro año.
Pero para Pete Richards, la noche no había terminado. La puerta se abrió y una mujer joven entró. Pete no entendía por qué, pero sintió que la había visto antes. Su pelo era amarillo como la luz del
sol y sus ojos azules como el mar.
Sin hablar, puso sobre el mostrador el paquete envuelto en papel de navidad. De su bolsillo, sacó el listón verde y lo puso junto al paquete. Cuando Pete lo abrió, el collar de cuentas azules apareció nuevamente ante él.
“¿Vino esto de su tienda?" preguntó ella.
Pete miró a la joven ya sin su mirada fría. “Sí,” respondió él.
“¿Y las piedras son genuinas?”
“Sí. No son las mejores turquesas del mundo, pero son reales.”
“¿Recuerda a quién se las vendió?”
“A una niña pequeña. Su nombre era Jean, las quería para el regalo de navidad de su hermana.”
“¿Cuánto valían?”
“No puedo decírselo,” dijo él. “El vendedor jamás le dice a nadie lo que un cliente pagó.”
“Pero Jean nunca ha tenido más que unas cuantas monedas. ¿Cómo pudo pagarlas?”
Pete estaba envolviendo el paquete y atándolo con el listón verde tan cuidadosamente como lo había hecho para Jean Grace diez días antes.
“Ella pagó el mayor precio que alguien puede pagar,” dijo él. “Dio todo lo que tenía.”
Por un instante, no hubo ningún sonido en la pequeña tienda. Entonces, en algún lugar en la ciudad, campanas de iglesia comenzaron a sonar. Era media noche y el principio de otro día de navidad.
“Pero ¿por qué se las dio usted?” preguntó la muchacha.
“No hay nadie más a quien pueda darle un regalo de navidad,” dijo él. “Ya es navidad. ¿Me permitiría llevarla a su casa? Me gustaría desearle una feliz navidad en su puerta.”
Y así, ante el tañir de muchas campanas, Pete Richards y una joven cuyo nombre todavía no conocía, caminaron hacia la esperanza y la felicidad de un nuevo día de navidad.
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Comentario por Oscar Madrid el agosto 25, 2010 a las 10:40pm Bienvenido a
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